Entrevista a Tania Candiani
“Escuchar también puede ser una forma de leer la materia”. La frase apareció durante una conversación con un tejedor en Oaxaca que le explicó a Tania Candiani que, a veces, trabajaba a oscuras para poder oír mejor cuándo se rompía un hilo. Esa escena, aparentemente mínima, atraviesa gran parte de la práctica de la artista mexicana: una investigación constante sobre aquello que vibra, resuena o permanece fuera del campo habitual de percepción. A través de instalaciones inmersivas, esculturas sonoras, performances o dispositivos experimentales, Candiani explora las relaciones entre sonido, materia, memoria, tecnología y ecología, desplazando continuamente los límites entre lo humano y lo más-que-humano. Sus proyectos funcionan como sistemas vivos donde conviven tradiciones ancestrales, infraestructuras tecnológicas, pensamiento científico y formas expandidas de escucha.
La artista atraviesa actualmente uno de los momentos más activos de su trayectoria internacional. En la Bienal Internacional de Estandartes presenta La equilibrante (2000), una obra temprana que dialoga con el legado simbólico y político impulsado por Marta Palau. Paralelamente, exhibe en el IVAM Radix (2026), una gran instalación inmersiva derivada de Subterra: Abyssal (2025), proyecto mostrado previamente en la Bienal de Helsinki. A ello se suma su participación en Motherboards y su actual residencia de investigación en Platform Dalí, iniciativa impulsada por la Fundación Gala-Salvador Dalí y dirigida por Mónica Bello.
Tu práctica trabaja constantemente con la idea de escuchar lo que normalmente no escuchamos: lo subterráneo, lo más-que-humano, lo ancestral. ¿Cómo entiendes hoy esa expansión de la escucha más allá de lo humano?
Hoy entiendo la escucha como una actitud ante el mundo. Empieza en el oído, pero se expande hacia otras formas de atención como la percepción de procesos geológicos, dinámicas biológicas o infraestructuras tecnológicas, así como de escalas temporales que exceden lo humano. Escuchar implica desplazar la perspectiva dominante y aceptar que el conocimiento también se produce desde la intuición, la observación situada y la experiencia corporal.
Me interesa atender a lo que queda fuera del marco —lo subterráneo, lo microscópico o lo apenas perceptible— no para traducirlo, sino para relacionarme con ello desde su opacidad. A veces escuchar es simplemente volverse disponible a otras formas de inteligencia.
Una experiencia en Oaxaca fue decisiva para entender esto. Mientras trabajaba en Cromática (2015), un maestro tejedor me explicó que a veces trabajaba a oscuras porque así podía oír mejor cuándo se rompía un hilo. Comprendí entonces que escuchar también es una forma de leer la materia y percibir tensiones invisibles.
En proyectos posteriores, como The Sonorous Object (2019), exploré esta relación entre sonido, imagen y memoria, trabajando con grabados cosmológicos de Robert Fludd para convertirlos en superficies resonantes. Me interesa el sonido como una fuerza que conecta escalas, desde lo molecular hasta lo planetario, y como una herramienta histórica para imaginar vínculos entre cuerpo, Tierra y cosmos.
Otra escena clave ocurrió en Arizona, durante el desarrollo de For the Animals. Allí encontré una formación rocosa llamada Hole in the Rock que parecía una enorme bocina, y empecé a pensar la montaña como un emisor acústico. La obra trabajaba con frecuencias vinculadas a mamíferos cuyas rutas migratorias han sido interrumpidas por la frontera, buscando generar una relación distinta con ellos. Sigo pensando que escuchar puede ser, en el fondo, una forma de convivencia.
En tu obra conviven arte, ciencia, saberes ancestrales, ficción y técnicas tradicionales. ¿De qué manera gestionas la tensión entre la rigurosidad científica y la libertad especulativa que permite el arte?
No la gestiono como un conflicto, sino como una zona fértil. La ciencia aporta metodologías, precisión y formas complejas de comprender la materia y los sistemas vivos; el arte abre espacios para imaginar aquello que aún no tiene representación clara.
Mi trabajo se sitúa en ese tránsito. Me interesa especialmente ese instante donde el conocimiento se vuelve inestable, cuando los datos aún no se fijan en una narrativa definitiva y la especulación permite vislumbrar posibilidades. Ahí el arte puede operar como un campo de pensamiento sensible que no reemplaza a la ciencia, pero sí amplía su imaginario.
Lo que he encontrado cada vez que trabajo cerca de científicos, en el CERN, y ahora en conversaciones que estoy iniciando con investigadores en torno a Platform Dalí, es que lo que compartimos no es un método sino una actitud: la curiosidad como motor, y una forma de creatividad que precede a cualquier resultado.
No habría física de partículas sin la capacidad de imaginar lo que aún no se puede ver. No habría invención sin especulación. En ese sentido, el artista y el científico parten del mismo impulso; lo que cambia es el lenguaje en que formalizan sus hallazgos y los instrumentos con que los producen.
También me interesa la historia de ese vínculo. Hubo un momento en que la búsqueda del conocimiento era un acto unificado, sin jerarquías entre alquimia, teoría musical, filosofía y matemáticas. Recuperar algo de esa actitud no significa rechazar el rigor; significa negarse a aceptar que la imaginación y la precisión sean incompatibles.
Desde esa mezcla de saberes, tu trabajo se construye a menudo a través de procesos largos, investigación y colaboraciones interdisciplinares. ¿Qué línea de exploración te interesa desarrollar durante tu residencia en Platform Dalí?
Platform Dalí representa para mí la posibilidad de situar mi práctica en el centro de un momento científico en el que los marcos de comprensión están siendo reescritos: la manera de entender la inteligencia, la materia, los sistemas oceánicos o la vida. Me interesa especialmente esa zona previa a que el conocimiento se estabilice en certeza, porque es ahí donde el arte puede operar.
Durante mis visitas a distintos centros de investigación en Barcelona, como el Institut de Ciències del Mar o el Barcelona Supercomputing Center, aparecieron preguntas vinculadas a las inteligencias planetarias, los modelos de lenguaje, la traducción entre datos y metáforas o las nuevas formas de conocimiento.
Lo que más me interesa de todo esto es la emergencia: ese momento en que los sistemas se vuelven inestables y aparece algo inesperado. Quiero activar espacios donde los lenguajes del laboratorio y del arte rocen sus límites, donde una hipótesis pueda transformarse en imagen o un experimento convertirse en un relato perceptivo.
Ya habías colaborado previamente con Mónica Bello en otra institución científica como CERN. ¿Supone tu residencia en Platform Dalí algún tipo de continuidad respecto a aquella experiencia?
Sí, lo entiendo como una evolución natural de la relación de diálogo que mantengo con Mónica Bello. La experiencia en CERN fue decisiva para entender cómo el arte puede entrar en contacto con entornos científicos altamente especializados sin perder su potencia poética o imaginativa. Platform Dalí representa una nueva etapa de esa conversación, ahora vinculada a la inteligencia artificial, los sistemas vivos y las tecnologías emergentes.
Lo que hace singular esta continuidad es la capacidad de Mónica para conectar contextos científicos y procesos artísticos de una manera muy intuitiva y productiva. Más que una colaboración puntual, es una relación de largo recorrido que ha permitido que las ideas maduren y que mi práctica se transforme desde dentro.
De esa experiencia en CERN nació HUM, donde uniste resonancias ancestrales con paisajes tecnológicos. ¿Qué te reveló ese proceso sobre cómo el arte puede escuchar, traducir o reinterpretar la ciencia?
HUM fue el resultado de un proceso que comenzó con Quantum Fictions y continuó con Quantum Prelude, una acción sonora que entrelazaba cosmovisiones ancestrales y física cuántica en una narrativa coreográfica. Cada etapa me permitió entender cómo el arte puede habitar entornos científicos sin perder su propia lógica.
Con HUM llevé esa comprensión más lejos. Al introducir el alphorn en el CERN, propuse una especie de serenata a la máquina: un gesto de escucha y respuesta entre la respiración humana y las infraestructuras que traducen lo invisible en señales. Energía que se vuelve imagen, resonancia que se vuelve movimiento, ruido que se vuelve percepción compartida.
La colaboración con científicos e ingenieros confirmó algo importante: que el conocimiento también se construye desde la duda, el ensayo y el error. Frente a la escala inmensa de estos sistemas aparece también una dimensión íntima, casi vulnerable. El arte puede abrir registros de percepción que el protocolo científico no contempla. En HUM, el sonido se vuelve físico y la vibración se convierte en un modo de conocimiento, una forma distinta de aproximarse a la materia.
¿Qué ocurrió cuando el sonido del alphorn entró en diálogo con la arquitectura acústica del CERN?
Lo primero que me atrajo del alphorn fue su geometría: ese tubo largo y acampanado que comparte forma con una concha, un pulmón o una galaxia. Es una figura que el mundo repite desde lo microscópico hasta lo cósmico. Esa misma lógica está también en las máquinas del CERN.
El alphorn fue diseñado para que la voz humana viajara más lejos. Al hacerlo sonar en el laboratorio, me interesaba poner en relación la respiración humana con las arquitecturas ocultas de la materia. Lo que descubrí es que cada espacio tenía su propia frecuencia y su propio carácter acústico. El sonido era absorbido, reflejado y multiplicado, y el instrumento dejaba de funcionar solo como instrumento.
Ese proceso me hizo pensar en cómo ciertos instrumentos culturales siguen activando nuevas resonancias al entrar en diálogo con paisajes tecnológicos.
En Subterra: Abyssal, presentada en la Bienal de Helsinki, trabajas con formas especulativas que parecen vivas aunque nacen de materiales minerales. ¿Qué te interesa de ese umbral entre lo geológico y lo biológico?
Me interesa ese umbral porque desestabiliza las categorías con las que separamos lo vivo de lo inerte. Los materiales minerales —sílice, feldespato, vidrio— contienen procesos de transformación. Cuando trabajo con ellos intento activar ese organismo latente que ya está ahí, no imponerlo desde fuera.
En Subterra: Abyssal, las esculturas de vidrio soplado surgen de procesos materiales con su propia lógica. Al iluminarlas desde dentro y ponerlas en diálogo con imágenes de corales vivos, aparece una pregunta: ¿dónde empieza lo orgánico? La correspondencia entre formas especulativas y organismos reales se volvía ambigua. La composición sonora de Concepción Huerta intensificaba esa sensación, creando una lengua sonora para esos seres imaginados.
Subterra: Roots aborda ese mismo umbral desde otra escala, haciendo visibles procesos ocultos como el crecimiento de las raíces. Los rizotrones funcionan como instrumentos científicos y perceptivos, mientras que el sonido, construido con frecuencias subsonoras, convierte el espacio en una experiencia física de vibración y resonancia.
Lo que me atrae es que ese cruce no es una metáfora: está en la materia misma. El vidrio y el coral comparten una lógica de formación. Trabajar ahí es una forma de imaginar la vida más allá de los límites que le hemos impuesto.
Después de explorar en Subterra ese umbral entre lo mineral y lo vivo, en Sonic Seed (también en la Bienal de Helsinki) la escucha vuelve a aparecer como una forma de relación con el entorno. ¿Qué te interesaba activar al trasladar un instrumento ritual a una instalación contemporánea?
Las sonajas del norte de México, activadas por el movimiento del cuerpo, marcan el ritmo y generan una relación sonora con el entorno. Me interesa pensar esa inteligencia: el sonido como vínculo entre cuerpo, materia y ambiente. En Sonic Seed me interesaba activar esa lógica en otro contexto.
La instalación se desplegaba como una cortina de semillas suspendidas en el paisaje, junto a formas cónicas que funcionaban como dispositivos de escucha, haciendo que esta fuera a la vez interna y espacial.
La activación era mínima: un gesto sencillo que ponía en movimiento las semillas. La obra no está completa sin ese gesto; el público no la completa, la convoca. Al hacerlo, entra en relación con una ecología más amplia, afinada a los ritmos del lugar y a especies cuya percepción escapa a la nuestra.
El sonido aparece como una condición compartida que conecta cuerpos, especies y tiempos distintos. Lo ancestral surge así como una forma activa de escucha.
En Coro de voces no humanas II, la voz humana parece desplazarse hacia otra forma de percepción y de presencia. ¿Qué ocurre cuando la voz entra en ese territorio cercano a lo no humano?
La voz humana me interesa como un instrumento capaz de ir más allá del lenguaje y convertirse en fenómeno físico: fricción, resonancia, señal. En trabajos anteriores ya exploraba ese umbral, donde la voz deja de significar y se convierte en pura resonancia.
En Coro de voces no humanas, ese impulso se desplaza hacia vocalizaciones de hembras de distintas especies. A partir de grabaciones de campo, cada participante desarrolla su propia interpretación. Me interesa el mimetismo acústico como forma de conexión: al imitar estos sonidos, los cuerpos también cambian; aparece otra lógica de movimiento y de presencia que va más allá de la representación.
Los resonadores modulan esa emisión y hacen de la voz un fenómeno material, moldeado por herramientas y por la presencia colectiva.
Lo que descubrí es que ese límite no es tan claro: hay algo en el cuerpo que reconoce estas vocalizaciones antes de comprenderlas. El coro activa una escucha corporal que no necesita palabras, una forma de sintonizar con otras formas de vida.
Después de explorar distintas formas de escucha, ¿hacia dónde sientes que se dirige ahora tu práctica?
Siento que mi práctica se está desplazando hacia lo que llamo un organismo escénico: una forma de entender la obra como un sistema vivo en relación, donde materia, sonido, cuerpos y tecnologías se articulan como un campo dinámico en transformación.
Me interesa proponer obras que funcionen como interfaces para expandir la percepción: instalaciones que no se contemplan, sino que se habitan y modifican al cuerpo que las atraviesa. En ese sentido, trabajo con coros, arquitectura y resonancia, entendiendo el sonido como una forma de dramaturgia invisible.
El diálogo con la ciencia sigue siendo central, no para ilustrar descubrimientos, sino para habitar ese espacio de inestabilidad donde el conocimiento aún no se fija en certeza.
Actualmente desarrollo proyectos en torno a archivos especulativos de sonidos extintos o paisajes sonoros perdidos, explorando la memoria y la imaginación como formas de imaginar lo ausente. Es un territorio donde el archivo se vuelve ficción y la ficción, conocimiento.
Me interesa activar una forma distinta de percibir el mundo que ya habitamos: una escucha no jerárquica, donde lo humano no ocupe necesariamente el centro. Crear espacios donde lo inaudible pueda emerger implica también una ética: aprender a escuchar aquello que normalmente no se considera voz.
Mi trabajo no busca representar, sino generar condiciones para que otras formas de relación aparezcan: una práctica de atención y transformación, donde escuchar implique también dejarse afectar.