Fue una colaboración con Siroco Artlab que me pareció una excelente oportunidad para apoyar esta nueva iniciativa en Madrid. Quise aprovechar para explorar cómo un espacio históricamente ligado a la música electrónica podía transformarse en un lugar abierto al arte digital.
Mostré un compendio de mis proyectos más conceptuales de los últimos tres años, desde el Manifiesto Terrícola hasta mis trabajos en el Ártico y la Amazonía, lugares a los que uno solo viaja movido por un interés muy particular. Me parecía importante compartir estas experiencias en Madrid de forma presencial, contar los detalles, transmitir lo vivido. Expusimos piezas digitales adaptadas a las pantallas de la sala y, además, presenté un primer fragmento de mi nuevo álbum, que estoy terminando este verano: una sonorización de la secuencia de ADN del almacenamiento del Manifiesto Terrícola.
¿Puedes explicar cómo funciona la sonorización del ADN?
El ADN es una cadena de cuatro componentes (adenina, timina, citosina y guanina: A, T, C, G). Lo que hago es tomar esa secuencia, convertirla en partitura y traducirla a sonido, usando instrumentos. Esa partitura representa el Manifiesto Terrícola codificado en ADN, literalmente: el texto ha sido convertido en moléculas reales de ADN y almacenado en una oreja de colágeno que llevamos al Ártico. El álbum convierte esa secuencia en una experiencia sonora. Es decir, permite que el público “escuche” el manifiesto desde otra perspectiva, no verbal ni textual, sino corporal y sensorial.
¿Qué carácter tiene Ear-thertz? ¿Qué tipo de experiencia sonora ofrece?
Es muy experimental. Muy atmosférico y espectral, con momentos que tienen percusión, otros más ambient y algunos fragmentos generados con inteligencia artificial a partir del texto del manifiesto. No sigue la lógica tradicional de la música contemporánea o melódica: la partitura es completamente orgánica, algo irregular y única, como el propio ADN.
En tu proyecto Invisible Pegaso hablas de conceptos como la biolixiviación como método para degradar residuos electrónicos. ¿Podrías explicarlo un poco más?
La biolixiviación es un proceso que descubrí, curiosamente en el río Tinto. Allí se produce un fenómeno natural de oxidación que tiñe el agua de rojo, y que está relacionado con la extracción de metales pesados a partir de minerales. Es uno de los grandes descubrimientos de la biominería: ciertas bacterias extremófilas tienen la capacidad de digerir materiales y separar los metales de otros componentes.
Normalmente lo hacen con piedras, pero también puede aplicarse a los plásticos que recubren el cobre en la circuitería de los dispositivos electrónicos. Esta metáfora me interesaba mucho para conectarla con Invisible Pegaso, un proyecto que habla del deterioro de los glaciares, pero también de los conceptos de colonización y descolonización.
¿Cómo se articula esa idea de la colonización en la obra?
Fui a Ecuador, al Chimborazo, el punto más cercano al Sol en la Tierra, donde aún viven los hieleros, familias indígenas que extraen hielo glaciar de más de 6000 años, cargado de oxígeno, microorganismos y datos atmosféricos: auténticas cápsulas de memoria geológica.
Esta práctica heredada del colonialismo me llevó a pensar en cómo Ecuador también ha protagonizado sus propios proyectos colonizadores, como el satélite CubeSat Pegaso, que terminó convertido en basura espacial a los tres días, sumándose a los más de 300.000 fragmentos que orbitan la Tierra. La metáfora que propongo es que, en el futuro, bacterias extremófilas podrían ayudarnos a reciclar estos satélites, usando incluso agua glaciar como medio de disolución, evitando que el Chimborazo acabe transformado en un volcán de cobre por nuestros residuos tecnológicos.
El proyecto, desarrollado con Andréz Zábal, ha dado lugar al documental Invisible Pegaso – The Extreme Satellite, un trabajo de bioarte, biotecnología y cambio climático, que estará disponible online en los próximos meses.
Muchos de tus proyectos funcionan casi como experimentos con una hipótesis de partida, donde el proceso parece tan importante como el resultado. ¿Cómo nacen esas ideas?
Hay muchas maneras. A veces surgen oportunidades en el propio territorio, como ocurrió con varios de mis últimos trabajos, impulsados por circunstancias vitales o por personas que, con proyectos en esas regiones, vieron en mí a alguien idóneo para abordar ciertas temáticas.
Luego están las intuiciones fuertes. Presentía que las bacterias extremófilas podían sobrevivir en glaciares, y lo comprobamos, o que se podía almacenar información digital en ADN glaciar de forma sostenible, algo que validamos científicamente usando colágeno. También el ADN ambiental, gran parte del cual flota en el aire —en lo que llamamos ríos voladores— porque los árboles liberan ADN al transpirar. Son intuiciones que el arte me impulsa a verificar científicamente, y que me llevan a involucrar a científicos y expertos de distintos campos para contrastarlas.
Ahora busco que mi trabajo sea un ejercicio de 360 grados, con impacto en la ciencia, la sociedad, la ecología y, por supuesto, en lo artístico y estético. Ahí surgen distintos niveles: desde lo técnico, que responde a la hipótesis, hasta lo visual, totalmente mío, y lo medioambiental, que atraviesa nuestra vida cotidiana.
De esa confluencia nacen proyectos orgánicos y abiertos, que no quedan cerrados tras presentarse. No hago obras que se agotan en una serie de fotos o pinturas, sino que continúo revisitando, desarrollando y resignificando con el tiempo. Tecnológicamente siguen vivas, lo que me permite mirarlas siempre desde nuevas perspectivas.
¿Qué fases tiene habitualmente tu proceso creativo?
Suelo partir de una temática que me interesa explorar. Lo primero es identificar qué elemento clave de nuestra sociedad puede funcionar como metáfora. Por ejemplo, en una reciente prospección en Puertocarreño, en la frontera entre Colombia y Venezuela, me encontré con un río fascinante que, sin pretenderlo, se ha convertido en frontera geopolítica. Ahí empezó el trabajo metafórico: cómo una naturaleza que fluye libre termina gestionada como barrera psicológica.
A partir de ahí busco lo que llamo “pivotes de pensamiento” para construir la metáfora. En este caso, descubrí dos enormes postes eléctricos destinados a conectar Venezuela con Ecuador, un proyecto que nunca se usó por falta de acuerdos políticos. Sin embargo, la catenaria que los une sigue suspendida sobre el río. Pensé en resignificar esa estructura obsoleta y convertirla en una infraestructura simbólica.
Mi idea es usar una de esas torres como soporte para una liana con una baliza que recoja datos del río. Esa información alimentará una inteligencia artificial que generará un diálogo entre ambas orillas: lo que se diga en un lado se amplificará en el otro. Así, el río hablará por ambos pueblos.
Así se articula el proceso: primero identifico una problemática real; luego veo cómo traducirla en una instalación con sentido técnico y estructural; y finalmente desarrollo una propuesta artística que ofrece una lectura sociopolítica.
Con el tiempo, mis obras han ido creando un imaginario reconocible: cartas de color, gráficos conceptuales, piezas audiovisuales, fotografía… recursos que se repiten y acaban formando parte de mi lenguaje visual. Como en todo experimento, siempre hay margen de error; aceptar que el resultado no está completamente definido y que la obra puede transformarse en el camino es también parte esencial del proceso.
En obras como Invisible Pegaso o Olea planteas reflexiones sobre el impacto humano tanto en el entorno natural como en el digital. ¿Qué papel juega la conciencia medioambiental en tu práctica artística?
Muchos artistas están abordando la cuestión medioambiental, pero creo que aún lo hacemos de forma superficial. Me preocupa que se convierta en un trending topic dentro del arte contemporáneo, fomentado por un ecosistema institucional que premia hablar del clima, a veces sin verdadera profundidad. El riesgo es banalizar la crisis, especular más con el discurso que con la acción.
Aun así, es urgente seguir trabajando en ello. Más allá de los ciclos naturales del planeta, fenómenos como el calentamiento global o el deshielo son claros efectos de la actividad humana. Y no solo eso: ya tenemos microplásticos en el cerebro, en los pulmones, en el esperma. Eso no depende de la temperatura, sino del daño masivo al ecosistema. No hay mucho debate: el impacto es real y generalizado.
En mi práctica trato de abordar estos temas desde la creatividad y con una actitud propositiva. La tecnología nos ha llevado a ciertos límites, pero también puede ayudarnos a entenderlos, revertirlos o, al menos, permitir que la Tierra se recupere. ¿Por qué no imaginar poner el planeta en pausa para que florezca de nuevo? Esa reflexión, que cruza lo científico, lo ético y lo poético, está muy presente en obras como Olea o Invisible Pegaso, donde intento transformar el pensamiento crítico en experiencia sensible, conectando arte, ciencia y conciencia medioambiental sin caer en el derrotismo.
¿De qué manera encuentras el equilibrio entre el uso de la tecnología y el compromiso con la sostenibilidad?
Cada vez hay más iniciativas como Art of Change 21 que buscan una práctica artística más consciente desde lo ecológico. Pero es difícil encontrar el equilibrio: en el arte contemporáneo, al materializar ideas siempre hay un impacto. El arte digital, por ejemplo, tampoco es inocuo; consume enormes recursos, y si no lo haces digital, lo conviertes en un cuadro que también implica materiales, transporte, almacenamiento… todo deja huella.
Además, hay algo autoritario en “poseer” una obra: el artista crea un objeto que circula, se compra y se revende, perpetuando lógicas capitalistas y globalizadoras. Cuando se criticó el impacto ambiental de la blockchain o los NFTs, yo pensaba: ¿y cuánto contamina una feria como Basilea? ¿Cuántos vuelos, moquetas, pinturas, maderas requiere?
No hay respuestas simples. Intento reflexionar mucho antes de actuar, aunque sé que es casi imposible evitar contradicciones ecológicas. Es un equilibrio constante. Conozco artistas que han decidido no viajar más, lo respeto, pero también me pregunto: ¿y si por no moverte no alcanzas ciertos contextos o personas? Para mí, el inmovilismo es peor. Prefiero moverme con cuidado a quedarme quieto.
Has reflexionado sobre la identidad digital, la desmaterialización del arte y los nuevos formatos como los NFTs. ¿Cómo crees que está cambiando la noción de autoría y propiedad en este nuevo ecosistema digital?
Creo que los NFT han transformado profundamente la noción de autoría y propiedad en el ecosistema digital. Técnicamente resolvieron problemas clave como la trazabilidad y la autenticidad, pero políticamente han sido atacados de forma muy calculada. No interesa a bancos ni gobiernos que su moneda se vea desplazada por un sistema que no controlan, igual que muchas galerías hicieron lobby en contra de un mercado que las dejaba fuera, para no perder el altísimo margen que obtienen por cada venta.
Pese a todo, pienso que los NFT volverán con fuerza, especialmente cuando se extiendan el euro digital o el dólar digital. ¿Qué compraremos con esas monedas? Seguramente activos digitales. Además, la blockchain aporta algo esencial: transparencia, con registros abiertos que no convienen a las economías sumergidas que primero abrazaron este sistema. Al final, los NFT siguen ofreciendo una vía potente para dar valor, propiedad y circulación a lo intangible, aunque el arte y la especulación siempre hayan atraído oportunistas.
Hace algunos años lanzaste el Harddiskmuseum, un museo que reside en un disco duro. ¿Qué te llevo a desarrollar este proyecto? Nos puedes hablar más de él?
Hace algunos años lancé el Hard Museum, un museo que habita en un disco duro. El proyecto surgió de la necesidad de dar valor a lo digital y reflexionar sobre lo intangible, aquello que realmente sostiene nuestras vidas —la salud, el amor, las sensaciones, la música— pero que suele quedar al margen en sociedades obsesionadas con lo material. Lo digital comparte esa naturaleza: no podemos tocarlo, pero existe y nos afecta.
También me interesaba cuestionar quién controla el “lienzo” del artista digital. A diferencia del pintor, que posee su lienzo, el artista digital crea en dispositivos y servidores ajenos. ¿Dónde se guarda entonces el arte digital? ¿Cuál es el museo del siglo XXI? Así nació la metáfora del disco duro, elegido además por su estética high-tech que recuerda a edificios como el Pompidou o el Guggenheim.
Con el tiempo llevé este concepto más lejos: en 2019 almacenamos toda la metadata del museo en una molécula de ADN, creando un respaldo orgánico que convierte esa “materia gris” del artista en un ADN sintético que guarda la memoria del disco duro.
Mirando hacia el futuro, ¿en qué proyectos estás trabajando actualmente y qué nuevas exploraciones te gustaría emprender en la intersección entre arte, ciencia y tecnología?
Ahora mismo estoy trabajando en proyectos que exploran cómo dar “voz” a los ríos mediante inteligencia artificial, para superar las fronteras geopolíticas que la naturaleza no reconoce. También investigo, desde la computación cuántica, cómo podría ser el “hombre vitruviano del futuro”, condicionado por el cambio climático y otros factores que hoy moldean nuestras sociedades.
Además preparo un ensayo artístico sobre el espacio exterior y el interior del planeta, como metáfora para repensar la Tierra y cómo habitarla. Y me interesa especialmente recuperar saberes ancestrales en Latinoamérica, convencido de que no inventamos tecnologías nuevas, sino que reactivamos conocimientos antiguos. Por eso quiero impulsar un programa académico que conecte estos saberes con las tecnologías actuales, para que todo lo que creemos parta del respeto a la Tierra y a nuestra historia común.